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31 jul. 2013

Divergentes muriendo en 3, 2, 1...

―Me has estado poniendo mucha atención, ¿eh?

―Me gusta observar a las personas.

―Te sacarían a patadas de Sinceridad, Cuatro, porque eres un terrible mentiroso.

Pone su mano en la roca al lado de la mía, sus dedos se entrelazaran con los míos. Baja la mirada a nuestras manos. Él tiene largos y delgados dedos. Manos hechas para movimientos finos y hábiles. No son manos de un Intrepidez, las cuales debían ser pesadas, resistentes y dispuestas a romper cosas.

 ―Bien. ―Inclina su rostro más cerca del mío, sus ojos se enfocan en mi barbilla, y mis labios, y mi nariz―. Te observo porque me gustas ―dijo claramente, con valentía, y sus ojos se encontraron con los míos―. Y no me llames “Cuatro” ¿De acuerdo? Es agradable escuchar decir mi nombre otra vez.

Y así como así, él finalmente se había declarado, y no supe cómo responder. Mis mejillas están ardiendo, y todo lo que pienso en decir es: ―Pero tú eres mucho mayor que yo… Tobías.
Me sonríe. ―Sí, nada menos que dos años de diferencia realmente insuperable, ¿no?

―No estoy tratando de ser crítica ―digo―. Sólo no lo entiendo. Soy muy joven. No soy bonita. Yo…

Él ríe, una profunda risa que suena como si viniera desde muy profundo de él, y toca con sus labios mi sien.

―No lo hagas ―digo sin respiración―. Tú sabes que no lo soy. No soy fea, pero ciertamente no bonita.

―Bien. No eres bonita. ¿Entonces? ―Besa mis mejillas―. Me gusta cómo te ves. Eres mortalmente inteligente. Eres valiente. Y a pesar de que te enteraste sobre Marcus… ―su voz se suaviza―. No me has dado esa mirada. Como si fuera un perrito pateado o algo así.

―Bueno ―digo―. No lo eres.

Por un segundo, sus ojos oscuros se encuentran con los míos, y está tranquilo. Luego toca mi rostro y se inclina más cerca, frotando sus labios contra los míos. El río ruge y siento el rocío en mis tobillos. Sonrió y presionó su boca a la mía.

Me tenso al principio, insegura de mí misma, así que cuando él se aparta, estoy segura de que hice algo equivocado, o malo. Sin embargo, él toma mi rostro entre sus manos, sus fuertes dedos contra mi piel, y me besa otra vez, firme esta vez, más seguro. Envuelvo un brazo alrededor de él, deslizando mi mano hacia arriba de su cuello y dentro de su cabello corto.

Por un par de minutos nos besamos, en la profundidad del Abismo, con el rugido del agua alrededor de nosotros. Y cuando nos separamos, tomados de la mano, me doy cuenta que si ambos hubiéramos elegido diferente, podríamos haber terminado haciendo lo mismo, en un lugar seguro, con ropa gris en lugar de negra.

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